n.º 006                                                                                                                  Abril 2003


¿Acaso es que ustedes ignoran que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, 
fuimos bautizados para participar en su muerte?  
Pues, por el bautismo fuimos sepultados
junto con Cristo para compartir su muerte,
y, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la Gloria del Padre, 
también nosotros hemos de caminar en una vida nueva.
Porque hemos sido injertados en él y participamos de su muerte en forma simbólica; 
pero también participaremos de su resurrección.
(Rom. 6, 3-5)
 

 

Queridos hermanos y hermanas cursillistas de todo el mundo:

¡Para nosotros, los cristianos, este mes llega respirando vida nueva, paz, alegría, esperanza, resurrección. Llega respirando y traspirando Pascua! ¡Y llega recordándonos, una vez más, por la voz del Apóstol, nuestra identificación con el Señor Jesucristo muerto y resucitado!

Todos sabemos que la Pascua es la fiesta de las fiestas por ser la celebración central de nuestra fe, siendo de ella misma la razón de ser, el fundamento teológico, la lógica y la explicación, si es que fuera posible una explicación de la fe! “Y si Cristo no resucitó, nuestra predicación no tiene fundamento, y vuestra fe será sin fundamento… Y si Cristo no resucitó, vuestra fe no tiene ningún valor y aun siguen con sus pecados.” (1Cor.15, 14.17).

Para los seguidores de Jesús, esa experiencia de resucitado y de su identidad con Él ya acontece hace más de dos mil años. Por vivir tan radical e intensamente tal experiencia, por mantener viva la llama de la fe y de la esperanza, por aceptar generosamente que “por el bautismo fuimos sepultados junto con Cristo para compartir su muerte”, millones de nuestros hermanos y hermanas, compañeros de jornada, dieron su vida, sacrificándose, o con gestos heroicos o en el cotidiano de sus existencias, para probar al mundo de que vale la pena “cristificarse; vale la pena “morir como Él para resucitar como Él” para que hombres y mujeres, jóvenes, niños o ancianos podamos todos disfrutar de la “vida en abundancia” (Jn.10,10) ahora , y llegar como Él, a resucitar en el Reino definitivo.

Mi querido hermano, mi querida hermana: prestemos mucha atención a los contextos de esta nuestra cultura de la pos-modernidad, de la globalización, del siglo veintiuno. Abramos bien nuestros ojos, afinemos nuestros oídos dándonos cuenta de todo lo que nos rodea, desde los hechos más banales y triviales tan cercanos a la gente, hasta los acontecimientos más conflictivos en una remota geografía. Hechos que se dan aquí, tan cerca, pero que ignoramos o que fingimos ignorar; acontecimientos distantes que nosotros pensamos que no nos irán a tocar directamente, pero que los medios de comunicación introducen al interior de nuestras casas o en medio de nuestras actividades o preocupaciones, de nuestros comentarios, de nuestros temores o de nuestras esperanzas.

A pesar de los muchos “signos de vida”, podemos percibir y hasta tocar con las manos, los innumerables “signos de muerte” presentes en el corazón y en la vida de las personas, insertos en la cultura de la pos-modernidad, manifestados también en los comportamientos y en las posturas de la sociedad.

Es para esa humanidad, “dividida en continua discordia” (Prefacio de la Oración Eucarística sobre Reconciliación II), que nosotros estamos llamados, nosotros, los seguidores del Resucitado en este siglo veintiuno, en este año 2003, a anunciar una vida nueva, la resurrección, la paz y la esperanza. Esperanza en una “tierra nueva” y en un “cielo nuevo” (Is. 65,17).

Pero siempre nos hacemos la pregunta: ¿En un “clima” como este y en circunstancias iguales a estas, de qué manera celebraremos la Pascua?; ¿Pascua que es Resurrección? ; ¿Resurrección que es vida nueva?; ¿dónde y en quién encontrar las raíces de la esperanza? Cómo ser “signos de luz” en medio de las tinieblas.

En esta Pascua, repasemos la historia de nuestra salvación. Y con la fuerza de Jesús resucitado y la iluminación del Espíritu Santo, hagámonos de coraje para dar cinco pasos:

Primer paso: detengámonos un poco y por un largo espacio de tiempo busquemos compartir con Jesús crucificado, sus heridas, su sed, sus pies y sus manos clavados en la cruz, el dolor del abandono de los amigos y, hasta del Padre.

Segundo paso: en comunión con Él, procuremos identificar y sentir solidariamente los dolores de la humanidad, esto es, de los hombres, mujeres, jóvenes, niños y ancianos que nos rodean o que están más distante de nosotros; de los pobres e excluidos; de los injusticiados y victimas de guerras siempre injustas.

Tercer paso: esforcémonos por hacer una rica experiencia de fe vivida por tantos hermanos y hermanas nuestras que, como Jesús nos han precedido en el camino doloroso del calvario, pero que alimentaron continuamente en el corazón y en las las obras, la fuerza de fe en la resurrección y en la vida nueva en Cristo resucitado.

Cuarto paso: como María Magdalena y las otras mujeres que, al volver al sepulcro no encontraron el cuerpo del Maestro, levantemos nuestros ojos y, quien sabe, podremos oír, entre temerosos y alegres: ¿Porqué estás buscando entre los muertos a aquel que está vivo? No está aquí. ¡Resucitó!” (Lc.24,5).

Quinto paso: e incluso como María Magdalena, las otras mujeres y algunos discípulos: “Al volver del sepulcro, anunciaron a los once y a todos los demás” (Lc.24,9), seamos misioneros del Resucitado, salgamos también nosotros, a anunciar. ¡Anunciar el Camino, la Verdad y la Vida! ¡Cada uno en su ambiente de vida, de ahora en adelante, seremos todos “signos de luz”.!

 Tal vez ya llegó para nosotros un nuevo tiempo, el tiempo del “martirio” o del testimonio concreto del calvario y de resurrección. ¿Estaríamos todos preparados para la misión a la cual hemos sido llamados como crucificados o resucitados? Sin embargo, es importante y fundamental que no nos dejemos invadir por el desánimo. ¡A pesar de todo, muchas obras y acciones maravillosas están siendo implementadas en el mundo para que prevalezca la justicia, reine la paz, resplandezca la esperanza! ¡Unámonos en esta desafiante misión participando en esta jornada redentora! Al final, ¡Cristo resucitó. Aleluya! ¡Aleluya!

¡A todos les deseo santas fiestas de Pascua! Y a todos pido, y desde ya agradezco, la caridad de sus oraciones para que el Espíritu de Dios me asista a mi y a todos los responsables del Movimiento de Cursillos de Venezuela que vamos a dirigir un retiro espiritual durante esta Semana Santa, en Caracas.

Un abrazo fraternal del amigo, hermano y servidor en el Señor Resucitado,

 P. José Gilberto Beraldo
   
Asesor Eclesiástico

 

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