n.º012                                                                 Octubre 2003


"Esa Gloria que me diste, se la di a ellos,
para que sean uno como tú y yo somos uno.
Así seré yo en ellos y tú en mí, y alcanzarán
la perfección en esta unidad. Entonces el mundo
 reconocerá que tú me has enviado y que yo los he
 amado como tú me amas a mí.”
(Jn 17,22-23)

 

Queridísimos hermanos y hermanas cursillistas de todo el mundo:

En la carta del mes pasado, expuse brevemente la primera parte del lema del próximo Encuentro Mundial del MCC, el 2005, en Brasil: “Que todos sean uno para que el mundo crea” (Jn 17,21a).

Habiendo reflexionado en la carta anterior sobre “Que todos sean uno”, con el foco de la UNIDAD entre nosotros, les propongo ahora reflexionar sobre la segunda parte: “para que el mundo crea”. Para iluminarnos la realidad con la luz del Espíritu de Dios y contemplarla con la óptica de Jesús en el Evangelio, he aquí algunos elementos importantes:

  1. Los hombres y las mujeres del inicio de este milenio, la cultura, el mundo y sus realidades están fraccionados, divididos, despedazados. No existe un eje único y referencial capaz de dirigir y orientar los destinos y el futuro de la humanidad. Así, navegamos al gusto de las propuestas originadas en el secularismo, en el pluralismo, en el materialismo consumista, en el relativismo ético y moral, en las verdades provisorias y mutantes de la ciencia, en el dominio de la tecnología, en la supremacía de los sentimientos sobre la razón y la indiferencia con respecto a la fe. Distantes están las realidades de los criterios y valores del Reino de Dios anunciados y testimoniados por Jesucristo.

  2. Se confunde globalización. unificación o uniformidad con UNIDAD. En la medida en que se nivele todo con criterios e intereses personales o de los grandes grupos dominantes, en vez de construir la unidad, se genera confusión, egoísmo, egocentrismo y perturbaciones de todo orden.

  3. También en la Iglesia de Jesucristo, talvez por la influencia de un aspecto pernicioso y nada positivo de la globalización, se instalan criterios y prácticas no siempre coherentes con los valores proclamados por Él. Ella misma ve su tejido, en alguna de sus partes (movimientos, asociaciones, jerarquía, etc.), se engarzar y recibe la influencia de numerosos focos incendiarios, tales como:

  1. opiniones y convicciones personales que acaban por favorecer una especie de culto a las personas y generan “ideologías”;

  2. apego a ciertas posturas del pasado, absolutamente sin sentido para la cultura, el hombre y de la mujer de hoy;

  3. obstinadas e inexplicables obstrucciones a la acción del Espíritu Santo;

  4. falta de sensibilidad en la lectura de los “signos de los tiempos”.

  1. Todo esto acaba por generar corrientes que llevan a la falta de respeto por las opiniones diferentes y generan confusión, anteponiendo lo accidental a lo esencial , tomando una parte por el todo y, lo que es aún peor, ignorando los argumentos y empleando ataques a las personas. Se da más valor a la forma que al contenido. Y esto, sin hablar de la confusión entre lo que es el carisma y lo que son creatividad, iniciativas y dinámicas para adaptarse el carisma al paso de la historia y de las culturas, sin que se pierda su originalidad y su origen en la inspiración del Espíritu Santo.

Entre tanto, y por paradojal que pueda parecer, este mismo mundo ansía ser evangelizado. De hecho ya contiene dentro de su realidad y de los signos de los tiempos un fermento que necesita ser activado. Hablando sobre la tarea y la misión de los laicos afirma el Papa Paulo VI en la “Evangelii Nuntiandi, n.70 ser esa misión la de: “poner en práctica todas las posibilidades cristianas y evangélicas escondidas, pero a su vez presentes y operantes en las cosas del mundo”. En el fondo, esto quiere decir que los ateos no existen. Existen si, hombres y mujeres, existe una cultura con hambre de Dios. Existe hambre de infinito: “¡Señor, mi corazón está inquieto mientras no repose en ti!” (San Agustín de Hipona)

Ante esto, surgen para los evangelizadores de hoy algunas preguntas importantes: ¿Quién podrá saciar esta hambre? ¿Qué argumentos tenemos que emplear para que los hombres puedan reencontrarse, reconciliándose consigo mismos, con los demás sus semejantes; con la historia y con el Creador? ¿Qué hacer para que la cultura y las culturas puedan redescubrir sus auténticas referencias y la historia nuevos caminos de esperanza?

Es el mismo Jesús, quién responde: para que el mundo crea, es urgente que nosotros, sus seguidores, seamos uno y estemos en la Trinidad (cf Jn 17,21). Vanas serán las palabras, vacías serán las teorías, inútil será nuestro anuncio, desperdiciadas serán nuestras acciones emprendidas, si no vivencíamos la UNIDAD entre nosotros y con la Santísima Trinidad. Es más: esta unidad es condición para que el mundo crea que el Padre envió a su Hijo al mundo para salvarlo. Es la señal por medio de la cual el mundo nos reconocerá como discípulos y seguidores de Jesús. Y, por tanto, ¡es la señal para que “el mundo crea”!

Concluyendo: ¿en aquellos que nos contemplan desde afuera, estamos nosotros del MCC, en todos los niveles, suscitando la misma admiración y respeto que suscitaban para los paganos las comunidades primitivas por su unidad en la oración y en la fracción del pan? “La multitud de fieles tenía un solo corazón y una sola alma” (Hech 4,32)

¡Que el Señor los bendiga a todos y que su Espíritu asista al Movimiento de Cursillos de Cristiandad de todo el mundo y a todos sus miembros en la búsqueda de la UNIDAD tan deseada y tan ardientemente suplicada al Padre por Jesús!

En la próxima carta mensual trataremos de reflexionar sobre los temas del próximo Encuentro Mundial del MCC.

Un abrazo fraterno y solidario de vuestro hermano y amigo en nuestro Señor Jesucristo

 

Pe. José Gilberto Beraldo
Asesor Eclesiástico del OMCC

 

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