n.º 014                                                                                                            Diciembre 2003

 

“Hacer de la Iglesia la casa y la escuela de comunión:
este es el  desafío que tenemos ante nosotros en el milenio
que comienza, si queremos ser fieles al designio de Dios
y responder también a las profundas esperanzas del mundo”
(Juan Pablo II, Novo Millennio Ineunte Nº43)

 

 

Queridísimos hermanos cursillistas de todo el mundo:

Habiendo comentado ya en cartas anteriores el lema del próximo Encuentro Mundial del MCC – “Que todos sean uno para que el mundo crea” comenzamos, en este mes de Diciembre, a reflexionar sobre los temas propuestos en la reunión ordinaria del MCC, en Barranquilla, Colombia, (Jun.2003).

Por una feliz y providencial coincidencia con el tema – ¡cosas del Señor! – en este mes de Diciembre, en que celebramos la Natividad de Jesús, estamos enviando, al mismo tiempo, a todos la “Declaración de Mallorca” , fruto del fraternal diálogo con nuestro hermano Eduardo Bonnin. Allí buscamos celebrar el diálogo y la comunión en el Movimiento de Cursillos de Cristiandad, contribuyendo a que el propio MCC pueda llegar a ser una “casa y escuela de comunión”.

1º tema: “El MCC – Casa y Escuela de Comunión”: la inspiración del tema nace de la consigna dirigida a la Iglesia por Juan Pablo II en su Carta Apostólica alusiva al Nuevo Milenio. Dirigida, por lo tanto, al MCC, Movimiento de Iglesia, comprometido con el Pueblo de Dios. Por eso, para comprender en toda su amplitud el significado de esta consigna, sugiero que antes de proseguir en la lectura de estas líneas, leamos y meditemos el texto de nuestro Papa, en “Novo Millennio Ineunte” ns. 43 – 45. Vamos a percibir entonces, que somos privilegiados al poder entrar en sintonía con nuestro Pastor Supremo, esto es, por poder contextualizar “Navidad, Iglesia–Casa de Comunión, Iglesia–Escuela de Comunión, MCC”. Ahí, como fundamento, origen y motivación suprema, el Papa nos dice en qué consiste la “Espiritualidad de Comunión”:

a)     tener el corazón vuelto hacia el Misterio de la Trinidad que habita en nosotros y cuya luz ha de ser percibida también en el rostro de los hermanos que están a  nuestro alrededor;

b)     capacidad de sentir al hermano en la fe por la profunda unidad del Cuerpo Místico,  como “alguien que es parte de mi”;

c)      capacidad de ver lo positivo que hay en otros como un don de Dios para mí; 

d)     saber “crear espacio” para el hermano, llevando “mutuamente las cargas uno de   otros” (Gál.6,2) y rechazando las tentaciones egoístas que nos acosan, generando competencia, arrivismos, sospechas, celos.

Y el Papa destaca este párrafo con palabras contundentes: “No se hagan ilusiones, sin este camino espiritual, de poco servirán los instrumentos externos de comunión. Se convertirían en medios sin alma,  máscaras de comunión, más que sus modos de expresión y crecimiento”

La cercanía de Navidad unida al recuerdo del legado de Jesús, puede favorecer la comprensión de lo que será esta casa de comunión. En la Encarnación, aparece la comunión perfecta y radical de Dios con su criatura.  Y aquí, en el testamento dejado a sus discípulos inmediatamente antes de su muerte, Jesús suplica al Padre y nos deja como marco fundamental de vida cristiana la UNIDAD EN LA COMUNIÓN FRATERNA. Allí en la Encarnación, inició su peregrinación terrenal en comunión con la naturaleza humana, es decir, con lo más noble que Él había creado: el hombre y la mujer. Aquí, en su testamento de UNIDAD soñó el sueño de Dios: que todos fuésemos UNO como Él mismo y su Padre son UNO. Un sueño dejado a los suyos como testamento para ser cumplido en una morada de comunión.

A la Iglesia, Pueblo de Dios, le corresponde hacer visible esta casa, esta morada de comunión.  Por eso, también el MCC, como movimiento eclesial, está obligado a contribuir en la construcción de esta casa. Una casa se construye, no con los esfuerzos de uno sólo, sino con la participación de muchos. Una casa “construida sobre la roca” (cf Mt 7,24; 27,51), esto es, sobre los valores evangélicos, fundamentados en cimientos de amor (cf Jn 15,12), en tejados de justicia y solidaridad (Mt. 6,33), en muros de perdón y misericordia  (cf Mt 18,35; Lc 6,37), y en puertas y ventanas de la santa libertad de los hijos de Dios (cf 2Cor 3,17; Gál 5,1). En la que se puede entrar y salir libremente como le corresponde a los hijos del mismo Padre. En el interior de una casa de comunión se puede respirar el buen aroma de Cristo ( cf 2Cor 2,15), preparar y comer en la mesa común la cena de fraternidad  y de paz ( cf Rm 12,18), bebiendo el vino de la exultación y de la alegría ( cf Sal 104,15), participando de la Palabra y del Cuerpo y la Sangre del Señor ( cf Hech 2,42.46). En una casa de comunión la energía y  el agua purificadora y que sacia en plenitud irrumpen da la gracia y de la vida divina (Jo 4, 7-15).  En una casa de comunión se practica el diálogo que lleva a la comprensión mutua, al entendimiento fraterno, al consenso constructivo y al perdón sin límites.

Para finalizar este párrafo, permítanme, mis queridos hermanos, dejarles una pregunta: ¿es una casa de comunión como la que nos pide el Papa, la que estamos construyendo en nuestro querido MCC? ¿ O qué estaría faltando para que esta construcción pueda llegar a buen término?

En la próxima carta, si Dios así lo permite, continuaremos nuestra reflexión sobre “El MCC – Escuela de Comunión”. Termino deseándoles a todos, en nombre mío y en nombre del Comité Ejecutivo del OMCC, una santa y feliz Navidad, llena de bendiciones, de paz, de fraternidad y de amor.

 

Pe. José Gilberto Beraldo
Asesor Eclesiástico del OMCC

 

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