n.º 015                                                                                                                  Enero 2004


“Hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión…
¿Qué significa todo esto en concreto?
También aquí la reflexión podría hacerse enseguida operativa,
pero sería equivocado dejarse llevar por este primer impulso.
Antes de programar iniciativas concretas, hace falta promover una espiritualidad
 de la comunión, proponiéndola como principio educativo
 en todos los lugares donde se forma el hombre y el cristiano, donde se educan
 los ministros del altar, las personas consagradas y los agentes pastorales,
 donde se construyen las familias y las comunidades.”

(Juan Pablo II, Novo Millennio Ineunte, n.43)

 

Queridísimos hermanos y hermanas de todo el mundo:

¡En este inicio de un nuevo año de la historia de nuestra salvación, esté con todos ustedes la gracia del Padre, el amor del Hijo y la inspiración del Espíritu Santo!

En nuestra carta mensual anterior, iniciamos el comentario sobre uno de los temas del próximo Encuentro Mundial del MCC: “MCC – Casa y Escuela de Comunión”, exponiendo algunos puntos que pudiesen servir de reflexión sobre el significado de “MCC – Casa de Comunión”. Hoy, inspirándonos en el tan importante documento “Novo Millennio Ineunte” de Juan Pablo II, queremos compartir algunas consideraciones sobre la segunda parte del primer tema: “MCC – Escuela de Comunión”

1. La Comunión: es el sueño de unidad deseado por Jesús en su oración sacerdotal y dejada a sus seguidores como herencia para ser construida: “Que todos sean uno, como tú, Padre, estás en mi y yo en ti, a fin de que el mundo crea que tú me enviaste” (Jn 17,21). Se trata de una común-unión, esto es, de colocarse en común y de compartir el ser, el tener y el saber. Para nosotros, los cristianos y católicos, el modelo más perfecto de comunión, es la propia comunión eucarística: Quien come mi carne y bebe mi sangre permanece en mi y yo en él” (Jn 6,56). Es ahí donde se da la más perfecta identificación con Cristo, realizándose ahí una auténtica “identidad crística”. Pues, de esa misma forma, a partir de nuestra fe común, debería realizarse entre nosotros la comunión: “Existe un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está por encima de todos, en medio de todo y en todos” (Ef 4, 5-6)

2. La Escuela: la experiencia y el adquirir madurez en el seguimiento de Jesús nos enseñan que este modo de vivir la comunión no se nos ofrece de inmediato y perfectamente acabado. Por la simple presencia de nuestras limitaciones humanas, la construcción de la comunión entre nosotros exige donación, entrega, perdón, solidaridad y mutua comprensión. Se trata de un largo y, a veces, doloroso proceso de conversión y de una continua revisión. La comunión se ejercita y se va construyendo en el hacer de cada día de las personas, a medida de que los criterios y valores del evangelio van ocupando el lugar del egoísmo, del egocentrismo y del individualismo. En el ámbito institucional – movimientos, pastorales, asociaciones – se ejercita y se construye la comunión en la misma medida en que se derrumban las barreras personales, de idioma, de cultura, de mentalidad o de diferencias étnicas. Aunque lo repitamos reiteradamente que el idioma de los cristianos es el amor, no siempre es muy fácil superar tales obstáculos, vencer tamañas y tan significativas dificultades. De hecho, se experimenta continuamente la tentación de dar más importancia a aquello que separa el modo de pensar, las ideas o las convicciones, que valorizar los puntos que unen, que crean y que identifican las ideas y los proyectos de vida, y, en nuestro caso del MCC, de su carisma y de sus objetivos.

Por eso, una escuela de comunión es, antes de todo, un “clima” un proyecto de vida que, con perseverancia, creamos en el nivel personal y en la práctica cotidiana en nuestros movimientos eclesiales. Se trata de una disposición interior y de un ejercicio continuado de aprendizaje. La Sabiduría afirma: “Serán todos discípulos de Dios”, esto es, “estarán todos dispuestos a ser enseñados por Dios”  El “clima” de una “escuela de comunión” exige de sus participantes una apertura incondicional para el otro, aceptación irrestricta de lo diferente, una generosa disposición para la lectura de los “signos de los tiempos” y una adaptación a sus mensajes, renunciar a muchas convicciones arraigadas desde siempre en nuestras mentalidades, coraje para romper con las antiguas posturas abrazando con valentía lo nuevo y lo inusitado, ¡aunque no nos agrade!

Sin un esfuerzo personal y solidario no se producirá la tan soñada comunión. Ni en la Iglesia, ni mucho menos en el MCC. La espiritualidad de comunión deseada por el Papa no existe por un decreto y no se produce por muy perfectas que puedan ser las normas o los Estatutos. El MCC será una Casa y una Escuela de Comunión cuando todos nosotros, sus miembros, vivenciemos interna y externamente, una auténtica “Espiritualidad de Comunión.”

Queridísimos hermanos: ¡tengamos todos un feliz año 2004 y que este año, el MCC pueda transformarse en una verdadera “Casa y Escuela de Comunión”!

Con mucho afecto, reciban un abrazo fraterno de

Pe. José Gilberto Beraldo
Asesor Eclesiástico del OMCC

 

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