nº 020                                                                                                                    Junio 2004

    Les ruego hermanos, en el nombre de Cristo Jesús, nuestro Señor.
Que se pongan de acuerdo y superen sus divisiones, lleguen a ser
una sola cosa,  con un mismo sentir y los mismos criterios” (1Cor 1,10)
Así lo entiendo yo, puesto que unos dicen: “Yo soy de Pablo” y otros:
“Yo soy de Apolo”, o “Yo soy de Pedro”, o “ Yo soy de Cristo”. ¿Acaso
está dividido Cristo? 
(1 Cor 1, 12-13ª)

 

Queridos hermanos y hermanas de todo el mundo:

Permítanme recordarles a todos aquello que ya fue expresado en los inicios de la relación del OMCC con los Grupos Internacionales y con el MCC de todo el mundo, por medio de estas cartas: aunque firmadas por el Asesor Eclesiástico del Comité Ejecutivo del OMCC, ellas reflejan el pensamiento de todo el grupo. Por lo tanto, todo, absolutamente todo lo que emana de este Comité Ejecutivo refleja la opinión y el parecer de todos, laicos – que son la mayoría -  y sacerdote.

En nuestras últimas cartas tratamos en forma especial el tema de la unidad  entre los cristianos, con los ojos fijos, en primer lugar, en el seno del MCC, hoy colocado delante de dos acontecimientos fundamentales para la continuidad de su existencia: la aprobación canónica del propio Organismo Mundial y su Estatuto, y el próximo Encuentro Mundial, previsto para Octubre de 2005.

Sabemos que, por fuerza de nuestras flaquezas humanas, estamos sujetos a sucumbir a los obstáculos en relación a la unidad. Antes del  grande paso que el Espíritu Santo nos ayudó a dar y que se concretó en la DECLARACIÓN DE MALLORCA, en Noviembre de 2003, eran frecuentes las manifestaciones, principalmente vía Internet, de aquellos que, descubriendo ahí o allá, indicios de que existían en el MCC caminos enseñados por Pablo, rutas señaladas por Apolo, vías indicadas por Pedro – insistían en no reconocer la unidad en la diversidad.

Es  el deseo de uniformidad, e/o la resistencia  a la natural adaptación a la realidad, donde el MCC se torna operante, lo que puede provocar rupturas y divisiones. Que tengamos dificultades en estar enteramente de acuerdo en todos los detalles de las tres fases del MCC – pre-cursillo, cursillo y pos-cursillo – es natural y eso corre por cuenta de nuestras limitaciones humanas y, quizás, de nuestras propias culturas. La unidad en lo esencial, entretanto, es lo que impedirá que nos comportemos de modo de merecer la amonestación de Pablo, tal como leemos en la motivación del comienzo. Si esto no fuera suficiente, el propio Jesús nos advierte: “Todo reino dividido internamente quedará destruido; y toda ciudad o familia internamente dividida no permanecerá” (Mt. 12,25).

Los que estamos en cursillo hace más tiempo, escuchamos, reiteradamente, la insistencia de nuestros maestros en el carácter de “movimiento” del MCC, diferente al carácter de “asociación” que entonces conocíamos. Para los que con cariño y dedicación llevaron al MCC a fronteras cada vez más amplias, era importante no atarlo a normas que pudieran limitar sus “movimientos”, esto es, que impidiesen su vivacidad y evolución.

En tanto, es preciso notar, que, por una parte, el Código de Derecho Canónico, pasó a llamar “asociación” a todas las agrupaciones de fieles católicos que se reuniesen libremente para vivir su apostolado, y, por otra parte, es perfectamente natural que tales “asociaciones”  se organizaran en diversos niveles, precisamente para vivir mejor ese apostolado. Eso es lo que explica, en el MCC, el principio de “organización mínima”, que obviamente comenzó en nivel diocesano – lo único requerido en sus inicios -, y hoy se organiza a nivel internacional, continental y mundial.

El reconocimiento canónico del Organismo Mundial emana de la determinación del propio Papa, representado por uno de los órganos oficiales de su confianza: el Consejo Pontificio para los Laicos.  Es desnecesario decir que,  apartarnos de la orientación del Papa significa, para nosotros los católicos, apartarnos de la Iglesia de Jesucristo.

Los que hemos trabajado para que esto acontezca, entendemos que el Estatuto del OMCC, ahora aprobado, es el resultado de un deseo que comenzó a forjarse luego de que ese organismo fue creado, en Junio de 1980. ¿Será perfecto? ¿Satisfará las exigencias, anhelos y proyectos de todos con respecto al MCC?. Independientemente de la respuesta que cada uno pueda dar a esas preguntas, lo que se espera de cada responsable del MCC, en todos sus niveles, es que, como cristianos católicos, se sometan a la decisión de la suprema autoridad pastoral de su Iglesia. Después, poniendo en práctica el Estatuto, el Movimiento de Cursillos de Cristiandad, por intermedio de un mecanismo estatuario de que dispone, eso es, de los Encuentros Mundiales- podrá volver a proponer los cambios que, de común acuerdo, fueran necesarios.

Como cualquier otro Estatuto que establezca las normas de relación de cualquier institución, el Estatuto del OMCC nació de la práctica. Si, al experimentar esas normas, se comprobara que ellas no satisfacen el propósito, el propio  Estatuto deja margen  para proponer cambios. Lo importante, lo fundamental, es tener un Estatuto canónicamente aprobado y tener un Organismo oficialmente reconocido por la comunión eclesial y en ella injerto. Más tarde, en el contexto de esa comunión y de esas necesidades del MCC, se podrá introducir cambios oportunos y criteriosos.

Contando con el apoyo y el entusiasmo de todos por esta nueva era en la vida del MCC, me despido con fraternales saludos en Cristo, en nombre del Comité Ejecutivo del OMCC,

Pe. José Gilberto Beraldo
Asesor Eclesiástico del OMCC

 

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